Solidaridad o complicidad: la huelga de hambre como prueba para el movimiento de solidaridad

Ocho activistas de Palestine Action en huelga de hambre en cárceles británicas

Ocho activistas del movimiento Palestine Action, identificadas como prisoners4palestine, mantienen una huelga de hambre indefinida en diversas cárceles del Reino Unido, en protesta por el trato inhumano y las condiciones de detención que enfrentan antes de sus juicios. La protesta también denuncia las designaciones “terroristas” contra individuos y organizaciones, utilizadas para quebrantar el apoyo popular a la resistencia y criminalizar las acciones directas, tenaces y militantes en solidaridad con Palestina. Varias de las activistas llevan más de un año privadas de libertad sin condena, en un proceso que organizaciones de derechos humanos califican como represalia política.

Las activistas fueron detenidas tras participar en acciones directas contra la fábrica israelí Elbit Systems, principal proveedor de armas utilizadas por la ocupación en Gaza. Sus acciones buscaban denunciar el papel del Reino Unido en el sostenimiento del aparato militar israelí y exigir el fin del comercio de armas con el régimen sionista.

Desde dentro de las prisiones, las huelguistas denuncian aislamiento prolongado, restricciones a las visitas y falta de atención médica, mientras sus familias y redes solidarias advierten del grave deterioro de su salud.

Desde la red Samidoun – Solidaridad con los Prisioneros Palestinos, hacemos un llamamiento urgente a los pueblos, organizaciones y movimientos solidarios de todo el mundo a alzar la voz por las activistas encarceladas, exigir al gobierno británico que garantice su integridad física y su inmediata liberación, y redoblar las acciones de denuncia contra Elbit Systems y todas las empresas cómplices del genocidio en Gaza.

Entonces ¿Cuál es el plan? Huelga de hambre, liderazgo carcelario y el desafío del movimiento de solidaridad

Mientras los huelguistas de hambre entran en una fase crítica de su lucha, se vuelve imposible ignorar una desconexión profunda entre la gravedad del momento y la respuesta del llamado «movimiento» solidario. No se trata de una diferencia de ritmo o de prioridades, sino de una brecha política que pone en cuestión la capacidad real de acompañar, sostener y potenciar una lucha que se desarrolla en condiciones extremas y con riesgos vitales.

En las calles y fuera de las prisiones, nuestra tarea no es simbólica ni testimonial. Nuestra función central es amplificar las demandas formuladas por los prisioneros y traducirlas en presión política real. El Estado británico y su aparato penitenciario operan sobre una lógica de cálculo frío: mientras el costo político, económico y social del encarcelamiento siga siendo asumible, la represión continuará. La indiferencia pública no es pasividad, es un mecanismo activo de control. Aún no se ha alcanzado el punto en el que mantener a estos presos cautivos resulte inviable; el punto en el que encarcelarlos cueste más que liberarlos. Ese es el umbral que debe ser forzado.

Los huelguistas de hambre han sido claros en su mensaje: llaman a profundizar la lucha contra el imperialismo británico. Comprenden que la prisión no es un error del sistema ni una anomalía temporal, sino una herramienta estructural de dominación. Es parte integral de una política imperialista dirigida contra disidentes políticos, migrantes y personas de naciones oprimidas, que constituyen una base amplia dentro de las cárceles y los centros de detención.

Desde esta perspectiva, la huelga de hambre no es un acto individual de sacrificio, sino una afirmación de liderazgo colectivo que emerge desde las propias prisiones. El potencial revolucionario no reside en unos pocos nombres visibles, sino en la mayoría encarcelada. Sin embargo, este liderazgo solo puede sostenerse si existe una base social amplia que lo respalde. Sin una movilización masiva dentro y fuera de los muros, el liderazgo carcelario queda aislado y desarmado, reducido a un gesto moral sin capacidad de transformación política.

Los huelguistas de hambre no apelan a un sistema judicial «democrático» que atraviesa una supuesta desviación autoritaria. Saben que la represión es una realidad estructural que se esconde tras la imagen que el estado británico proyecta de sí mismo. Su lucha expone la farsa de esta democracia colonial, revelando una violencia que durante décadas ha permanecido normalizada e invisible, y que hoy comienza a sacudir incluso a sectores sociales que antes podían ignorarla. No están pidiendo reformas cosméticas: están señalando la necesidad de confrontación política.

Este momento exige una reflexión honesta sobre las estrategias de movilización. La experiencia demuestra que el potencial de ruptura con el sistema es desproporcionadamente mayor entre quienes viven de manera directa la criminalización, el encarcelamiento, la opresión nacional y la violencia fronteriza: las comunidades migrantes, con o sin documentos, y los sectores marginados convertidos sistemáticamente en objetivo del aparato represivo. Limitar la acción política a una clase media «antiguerra», interesada en una gestión más amable del imperialismo, no solo es insuficiente, sino políticamente estéril.

Un llamado urgente a la acción

Desde Samidoun, esta lucha no puede entenderse como un asunto sectorial ni humanitario. Es una batalla política central contra el sistema carcelario imperialista y contra el Estado que lo sostiene. La solidaridad que no impone costos al enemigo no es solidaridad; es acompañamiento pasivo.

Este es el momento de afilar los colmillos del movimiento: intensificar la movilización, desbordar los márgenes seguros, organizar a las comunidades más golpeadas por la represión y elevar el precio político del encarcelamiento. La huelga de hambre no puede quedar aislada. O se convierte en un punto de inflexión que fortalezca el movimiento de prisioneros y prisioneras, o el Estado habrá demostrado, una vez más, que puede reprimir sin consecuencias.

La responsabilidad está fuera de los muros. La lucha continúa.


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